Hola. ¿Estás ahí?

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Te miro fijamente y veo que tenés los ojos cerrados, pero no sé si estás dormida.

No te preocupes, ya no voy a interrumpir tu sueño. No necesito llamarte para que me acompañes a mi cama cuando tengo miedo, ni para que me lleves agua o me abrigues. No me asaltan pesadillas que vos calmes con tu presencia, no quiero que vengas a jugar conmigo porque estoy aburrida.

“Solo te miro y sé que estás ahí”.

Te cuento que hoy es el tercer domingo de octubre y ya sabés lo que se celebra. Un día que, para algunos, tiene un propósito comercial, otros aprovechan para rendir algún homenaje y para un buen número significa gastar en algún presente.

De cualquier modo, con el incentivo de todo lo que nos rodea, creo que ninguno, o casi ninguno, podemos ignorarlo.

Yo solo quiero estar con vos por un rato. Me gustaría mucho que riamos juntas, como tantas veces, con el poema El consejo maternal de Olegario V de Andrade ¿Te acordás? Lo recité en Jardín de infantes, como homenaje a las madres: “Ven para acá, me dijo dulcemente/ mi madre cierto día,” … ¡Era tan largo y difícil para mí que es imposible olvidarlo! ¡Lo repetiste tantas veces conmigo que lo sabías mejor que yo!

Hay algo que debo decirte mientras te miro. Hoy te traigo un regalo. Sí, ya sé que te dije siempre que prefiero no regalar en estas fechas, pero este no tiene moño grandote como los que solía darte, ni una envoltura brillante.

De todos modos, estoy segura de que te va a gustar.

Tu regalo es mi esencia, la que te muestro tal cual es. Esa semilla que sembraste y maduró en lo que es hoy. A quien le diste vida y a quien fuiste haciendo con la tuya, soy tus enseñanzas, tu ejemplo, tus palabras repetidas. El cúmulo de errores que me han ayudado a crecer, los logros alcanzados que me han hecho feliz.

Te regalo lo que soy, bien o mal, y te miro solo con el alma, no puedo de otro modo. Descansá sin desvelos, estés donde estés; mi amor te abraza siempre, con la solidez de lo eterno.

Edith Montiel, escritora