“Las Máscaras”

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Miro a través de los vidrios este día gris de octubre. No parece primavera, una
nevisca inesperada la convierte en invierno.

Unos pocos caminantes apresuran su paso, todos con los rostros cubiertos. Al
verlos, la imagen me recuerda a las máscaras de la bella Venecia, donde
aprendí algo de su origen y su historia.

Me contaron allí que el Carnaval veneciano se originó con las celebraciones en
honor al dios Baco, en la Roma Antigua, y el uso de máscaras permitía a los
ciudadanos actuar con libertad total sin temor a ser reconocidos
.

A pesar de que durante siglos fueron usadas en épocas de esplendor y
celebración, en el año 1348 se desencadenó en la ciudad de Génova una
epidemia de peste y desde allí se fue extendiendo al resto del continente.
Aparecían en la piel “bubos”, a eso se debe el nombre de “peste bubónica”.
La siguiente epidemia surgió entre los años 1575 y 1577, pero en esta ocasión
se originó en Venecia
.

En aquel tiempo se pensaba que la peste se contagiaba por vía aérea y que
penetraba en el cuerpo por los poros de la piel. Los médicos utilizaban guantes
de cuero, gafas, sombrero de ala ancha y un largo abrigo de cuero encerado.

Cubrían su rostro con una máscara que tenía la forma de ave porque se creía que la enfermedad la transmitían los pájaros, y la forma de ave de la máscara hacía que se alejaran del que la llevaba. Lo que no se sabía era que los pájaros eran inmunes a esa bacteria.

Otra de las razones por las que tenía esa forma era porque el pico impedía la
cercanía del doctor al aliento del infectado.

Esta máscara es una de las más famosas del mundo, tradicional del carnaval
veneciano y se la conoce como “máscara de pico” o “El doctor de la peste”.
Aún con la imagen de las bellas máscaras recuerdo esta frase de Germaine De
Staël, escritora y filósofa francesa:

“Los hombres no cambian, se desenmascaran”.

Ciertamente, los carnavales concluyen, las pandemias también y volveremos a
ser lo que somos, sin barbijos, a cara descubierta.
Pero tal vez, ojalá, lo poco o
mucho que todos hemos perdido, nos enseñe a valorar lo preciado que
poseemos.

EDITH MONTIEL, Escritora